El arte de la voz
Por Diego
Fischerman
A veces
alguna casualidad, o la voluntad de alguien, o un simple error, altera un ritual. Y a veces esa alteración, con el tiempo,
cuando ya nadie recuerda aquello que le dio origen, queda convertido
en verdad. Nadie sabe exactamente cuándo fue que, en el tango, cantar mal se
convirtió en estilo. No hay un origen comprobado para el dudoso parentesco
entre desafinación y visceralidad pero se cree, o muchos creen, que aquel que
verdaderamente necesita expresar algo no andará reparando en sutilezas y, por
el contrario, que aquel que se preocupa por la “forma” lo hace por mero
desentendimiendo del “contenido”.
Gardel,
Charlo, Fiorentino y Marino cuando cantaban con Troilo, Raúl Berón, Oscar
Serpa, Angel Díaz o el gran Goyeneche de los ’50 hablaban, sin embargo, de otra
tradición. Una tradición encarnada en artistas para quienes resultaba esencial
la preocupación por esa pequeña pausa antes de una determinada palabra, por la
manera de adelgazar la voz para decir “silencio” o “noche”, o por el “aire”
tanto o más que por la caja en la que resuena. No se trata de “no tener voz”
sino de saber cuándo y cómo renunciar a ella para jerarquizarla aún más. No ser
estentóreo todo el tiempo es, finalmente, una de las maneras de dar valor
dramático a la potencia, al agudo prodigioso y hasta al grito.
Esta es
una tradición, claro está, casi desaparecida. En parte porque son muy pocos los
que han logrado –y los que podrían lograr– mantener esa filiación con
personalidades propias. La gran pregunta del tango es: ¿Cómo ser gardeliano sin
ser una imitación de Gardel? Y la respuesta, como en aquella conferencia en la
que Borges citaba un capítulo de una enciclopedia referido a las serpientes en
Islandia (“serpientes en Islandia: no hay”), se acerca a la imposibilidad.
Horacio Molina, alguien capaz de cantar “Malena” con ternura (como corresponde)
y de saber que cuidar el fraseo y la emisión es la manera de utilizarlos como
medios y no como fines, puestos al servicio de la construcción de una canción,
es, eventualmente, uno de los pocos baluartes de esa raigambre. Nadie podría
jamás confundirlo con Gardel, pero el detalle que Gardel ponía en la
interpretación está presente en la voz de Molina. Nadie diría que suena como
Charlo o como Serpa, pero mucha de la delicadeza de la que ellos eran capaces
forma parte de su universo expresivo. Es imposible considerarlo un
goyenechiano, pero su manera de elegir cuándo “sacar” la voz y cuándo no
hacerlo parece provenir directamente de obras maestras como esa “Alma de loca”
que Goyeneche cantó con Salgán. El secreto de Molina tal vez sea sencillo. Hay
algo en él que tiene que ver con lo milagroso y lo irrepetible. Un timbre de
voz como el suyo, simplemente, es cosa de la naturaleza –y de la suerte–. Pero
todo lo demás, la manera en que en Buenos amigos, su nuevo disco, canta algo
que no es un tango, “La nochera”, o un tema tan remanido como “Chiquilín de
Bachín” o sus extraordinarios dúos con Beytelman, “Malena” y “La última curda”,
o la exquisita “Alfonsina y el mar” que hace junto a Luis Salinas, proviene de
una sabiduría notable. La de entender que el tango, para que recobre
significado, para que retome sus mejores tradiciones, debe olvidarse de su
caricatura. Y que los tangos, para que vuelvan a tener sentido, deben ser,
antes que nada, canciones. Esos viejos sortilegios en que la música inunda de
significado algunos versos.